El panel y su web son la misma cosa.
Lo que escribe a la izquierda es exactamente lo que ve su cliente a la derecha. En medio no hay nadie.
Ejemplo con datos de prueba.
Le hacemos la web a su negocio y le damos un panel para mantenerla usted mismo, desde el móvil. El menú de hoy, un precio que sube, una foto nueva: un minuto y sin llamar a nadie. Y si tiene comedor, el mismo panel le lleva las reservas, el mapa de mesas y los pedidos.
O llame al [SU TELÉFONO] y se lo contamos en dos minutos.
Con su correo y ya está. No hay que instalar nada ni acordarse de ningún programa.
Los primeros, los segundos y el postre. O el precio que ha subido. O la foto del pescado que ha entrado esta mañana.
Quien mire su web un minuto después ve lo de hoy. Nadie más tiene que tocar nada.
No hay un ordenador en la oficina del que dependa todo. Si se moja el móvil o se estropea la tablet, coge otro, entra y sigue donde lo dejó.
Desde la barra, desde casa el domingo por la tarde o desde la playa en agosto. Solo hace falta el móvil que ya lleva en el bolsillo.
Usted en la cocina y su encargado en la sala, con dos aparatos distintos y la misma información al segundo. Nada de copias que hay que guardar ni de «¿tú qué versión tienes?».
Bares y restaurantes. Es donde el panel llega más lejos, porque además de su web le lleva el servicio entero: las reservas, el mapa de mesas y los pedidos. Iremos abriendo a otros oficios poco a poco.
Hay tres pantallas que no se leen: se miran de reojo, con las manos ocupadas y a un metro de distancia. Por eso la hora va la primera y grande, y el estado de cada mesa o cada pedido se distingue por el color antes de leer una sola palabra. Todos los aparatos del local ven lo mismo a la vez: lo que uno apunta en la barra, el resto lo ve al instante.
Quién viene hoy, a qué hora y cuánta gente entra. Lo que la cocina necesita saber antes que nada.
El plano de su comedor, con el estado de cada mesa en un color que se lee a dos metros. Tocar una mesa abre su cuenta: qué se ha pedido, qué ha salido ya y el botón de cobrar.
Recoger y para llevar, en la cocina o en el mostrador. A las nueve de un viernes responde de un golpe a tres preguntas: qué ha entrado, qué hay que empezar ya y qué espera a que lo recojan.
Esto es lo que su cliente ve cuando busca su nombre en el móvil. Se toca una vez a la semana, no cien veces por noche, y por eso está pensado para hacerse sentado y sin prisa.
Lo que escribe a la izquierda es exactamente lo que ve su cliente a la derecha. En medio no hay nadie.
Ejemplo con datos de prueba.
Deje la semana lista el domingo y la web va sacando cada día el suyo, sola. Como la pizarra de la cocina, pero sin salir a borrarla.
Sus platos, sus secciones y sus precios. Subir uno cuesta diez segundos y no hay que pedirle permiso a nadie.
Obligatorios por el Reglamento europeo 1169/2011, y suyos: un plato nuevo no se publica como si no llevara nada. Casillas grandes, con un recordatorio para los que se pasan por alto — que la salsa de soja lleva trigo, que el surimi es pescado.
Las del local y las de sus platos, desde el mismo móvil con el que las acaba de hacer. Sin límite de cuántas: una carta se vende con fotos.
Degustación, grupos, Navidad, comuniones. Se encienden cuando tocan y se apagan cuando pasan.
Cuándo abre, cuándo cierra y los días que libra. Su web dice «abierto ahora» porque lo está, no porque lo diga una tabla de hace dos años.
Su teléfono, su dirección, sus redes y el mapa. Y el botón que lo publica todo: hasta que no lo pulsa, su cliente sigue viendo lo de antes.
Las pantallas que no se tocan a diario, pero que evitan el disgusto: quién tiene llave, quién hizo qué y quién responde ante la ley.
Una cuenta por persona, con su nombre, en vez de una contraseña apuntada en un pósit al lado de la caja. Usted decide qué ve cada uno: el camarero, la sala; el encargado, todo menos la factura.
Quién anuló la mesa de los García y a qué hora. Escrito en español y agrupado por días, no un listado de códigos. Nadie puede borrar lo que hizo.
Rellena una vez su nombre o razón social, su NIF, su domicilio y su correo, y de ahí salen solos el aviso legal, la política de privacidad y la de cookies. Ninguna web se publica sin eso, porque ante la ley responde usted y no nosotros. El mapa no carga hasta que su cliente lo pide, así que su web no necesita el cartel de las cookies.
Su web, su dominio y todo lo que se ve en ella va en los tres. Lo que cambia es cuánto del servicio quiere llevar dentro del mismo panel: las reservas con la sala, los pedidos, o las dos cosas.
Su web, y usted manteniéndola desde el móvil. Sin la parte del servicio.
El Core, y elige una de las dos mitades del servicio.
Todo: la sala con sus cuentas, las reservas por internet y los pedidos.
Le hacemos la web, le damos de alta el dominio, la publicamos y nos sentamos con usted a enseñarle el panel. A partir de ahí, los meses de regalo de su plan.
Sin permanencia: se va cuando quieraNo hace falta que se le dé. Si sabe mandar un WhatsApp, sabe usar el panel: son botones grandes y letras grandes. Y no le dejamos solo: nos sentamos con usted en una reunión y se lo enseñamos entero, sin prisa y las veces que hagan falta.
No. Se abre en el móvil como se abre cualquier página, y se lo dejamos como acceso directo en la pantalla de inicio para que esté a un toque.
Las que quiera. Ese es justo el sentido de todo esto: que no tenga que pedir permiso ni pagar aparte por subir un plato veinte céntimos.
Se la hacemos de nuevo y conservamos su dirección de internet, para que quien la escriba siga llegando a usted.
Esa es la idea. Las reservas entran por su propia web, con el mapa de mesas y la lista de espera dentro del mismo panel, y no pagando una comisión por cada cliente que ya era suyo.
Puede seguir con ellas: su web enlaza a las suyas y, como el enlace sale de su dominio, en el panel de la plataforma verá cuántos pedidos se los trajo su propia web. Y a la vez puede recibir los de recoger y llevar directamente, sin comisión de nadie.
Entre en el panel de prueba y cambie el menú de un restaurante de mentira. Si le cuesta más de un minuto, no nos llame.